Frágil (Pura Salceda)
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| Fotografía de Saul Leiter (1947) |
me arranca de los infiernos
donde me pierdo sin ti.
De "Versos de perra negra" (Ed. Sial, 2005)
Pura Salceda

La devoción de Aarón
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| Fotografía de Geoff Cordner |
Si había algo por lo que Aarón era capaz de morir, era por unos pies femeninos y todo aquello que pudiera envolverlos. De niño, su madre le castigaba encerrándole en un vetusto armario. Y ahí, en esa oscura soledad, había descubierto la libidinosa fragancia que desprendía el calzado usado de su severa progenitora. Su pulso se aceleraba particularmente cuando podía clavar la naricita en la olorosa zapatilla que mamá usaba como azotador para corregir sus travesuras. Durante su adolescencia, eran cada vez más escasas las ocasiones en las que su madre le propinaba esas azotainas sobre su regazo con los pantalones a medio muslo, por más que se esforzaba en provocarla. Entonces se tenía que conformar con alguna bofetada. Por ello, Aarón aprovechaba cada vez que se quedaba solo en casa para hacer de las suyas en el armario de mamá o de sus hermanas, ahora que ellas también empezaban a generar aromas interesantes. Ideaba sus propios castigos y sus consiguientes recompensas incestuosas. A medida que se hacía mayor, se le ocurrían maneras más irreverentes de profanar los zapatos y las prendas íntimas de las féminas de su hogar. Y cuando se casó, desterrado del lecho conyugal, se vio en la necesidad de mantener y perfeccionar sus secretos rituales en la penumbra del cuarto de invitados. A veces, permanecía acostado durante horas con un zapato viejo, sacado de un contenedor de basura, atado sobre la cara a modo de bozal. E inhalaba su pútrido perfume imaginando los pies sudados y sucios de su desconocida poseedora. Uno de sus trofeos más queridos eran las hediondas chanclas de su suegra, misteriosamente desaparecidas durante unas vacaciones con su familia política.
Con la llegada de Internet, Aarón quedó asombrado al descubrir que él no era una anomalía de la naturaleza y que su devoción era compartida por miles de hombres. Pero lo que de verdad le dejó pasmado fue la existencia, al menos en teoría, de mujeres capaces de satisfacer o –digamos- permitir las fantasías eróticas de un fervoroso penitente como él. Aquella revelación fue el principio del fin de su matrimonio. Y en mitad de su tumultuoso despertar, aparecí yo. Era la primara vez que me topaba cara a cara con un adorador de los pies femeninos, al menos, en esa intensidad y magnitud.
Aarón fue todo un reto. La iniciación sexual de un hombre de cuarenta y tantos era, en cierto modo, un cometido terapéutico. Una obra buena en la que yo iba a ser una chica muy mala por prescripción facultativa. Aunque le llevara al borde de las lágrimas, Aarón se sentía feliz al revivir las sensaciones de su infancia. Sólo que la fusta era más precisa que la zapatilla. Y qué delicia su devoción por mis pies. No se cansaba nunca. A veces hasta me dormía con sus increíbles masajes. Y he de confesar que su abnegada obediencia, sin rechistar jamás, se me ocurriese lo que se me ocurriese ordenarle, me provocaba algún bostezo que otro.
Concluido ya su proceso de divorcio, llegó el día en que decidí soltar amarras y devolver a Aarón al mundo real. En su pueblo, le rondaba una soltera madura decidida a no perder el último tren. Él decía que sólo eran amigos. Pero sabía a ciencia cierta -aunque él no tuviera ni idea- que el único obstáculo para no sucumbir perdidamente en sus redes era yo. Cuando le dejé, confiaba que caería en buenas manos o, mejor dicho, en buenos pies. Se merecía un hogar cálido y un armario repleto de olorosos zapatos.

NO al maltrato animal
- Conseguir el endurecimiento del código penal en lo que a maltrato de animales de compañía y amansados se refiere. (Así es como se entiende en el código penal)
- Conseguir la adhesión de España al Convenio europeo de Protección de animales domésticos para que nuestros animales puedan gozar de la misma protección que el resto de animales de los países desarrollados.

Richard Burton a Elizabeht Taylor (extracto de una carta de amor)
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Poema XXXII - Las flores del mal (Charles Baudelaire)
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Une nuit que j'étais près d'une affreuse Juive,
Comme au long d'un cadavre un cadavre étendu,
Je me pris à songer près de ce corps vendu
À la triste beauté dont mon désir se prive.
Je me représentai sa majesté native,
Son regard de vigueur et de grâces armé,
Ses cheveux qui lui font un casque parfumé,
Et dont le souvenir pour l'amour me ravive.
Car j'eusse avec ferveur baisé ton noble corps,
Et depuis tes pieds frais jusqu'à tes noires tresses
Déroulé le trésor des profondes caresses,
Si, quelque soir, d'un pleur obtenu sans effort
Tu pouvais seulement, ô reine des cruelles!
Obscurcir la splendeur de tes froides prunelles.
Una noche en que estaba con una horrible hebrea,
como un muerto tendido junto a otro, pensaba
al lado de aquel cuerpo vendido, en esa triste
belleza de la cual mi deseo se priva.
Yo me representaba su majestad natal,
su mirada, de fuerza y de gracias armada,
sus cabellos que forman un perfumado casco,
cuyo recuerdo para el amor me reanima.
Pues con fervor tu noble cuerpo hubiera besado,
y de tus frescos pies a tus trenzas oscuras
desplegado un tesoro de profundas caricias,
si, una noche, con llanto sin esfuerzo obtenido
oscurecer pudieras, ¡oh reina de las crueles!
tan sólo el esplendor de tus frías pupilas.
De "Las flores del mal" (Spleen e ideal). Edición de 1861
Charles Baudelaire
(Traducción: Luis Martínez de Merlo)

Indeseables
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UNDESIRED es un sobrecogedor documental del fotoperiodista Walter Astrada en el que testimonia la dramática realidad que viven muchas mujeres indias.

Gigoló
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Llevaba unas semanas flirteando con un italiano en un chat de mala reputación. Sus piropos y sus propuestas descabelladas, todas eróticas, eran como una inyección de autoestima en vena. Aunque nunca le tomé muy en serio, sobre todo, cuando insistía en venir a verme. Por más que le decía que era imposible, que estaba casada, no se rendía. Nos habíamos intercambiado un par de fotografías. Era atractivo. Fornido, de potente mandíbula, ojos vivos y oscuros, sonrisa ladeada y un corte de pelo impecable. Tan italiano y tan viril, que dudé de la autenticidad de las fotos. Como la situación me parecía tan irreal, no sentí especial pudor al trasladarle la propuesta de mi marido, pues imaginaba un rotundo NO. Me equivocaba. –Faró tutto per conocerti-, fueron sus palabras.
El italiano era un hombre de negocios con asuntos puntuales en Barcelona. Aprovechando uno de esos viajes, se proponía alquilar un coche para atravesar la Península y pasar un fin de semana en el sur, donde vivíamos. Para Marcello no existían obstáculos infranqueables. El plan era el siguiente: citarnos con él en algún lugar público y si yo daba el visto bueno -condición inapelable-, al día siguiente, le invitaríamos a casa para adentrarnos en los misterios del ménage à trois.
Y llegó el día de la cita. Y se dio la puñetera casualidad que mi marido también estaba de viaje de negocios y, por un imprevisto, no regresaba hasta el día después. Pensar en afrontarlo sola era caérseme el mundo encima. Y qué vergüenza tener que decirle sí o no, como en una selección de ganado. Pero hubiera sido una tremenda descortesía aplazarlo, así que me dispuse a ser valiente.
A la hora acordada, me planté en el punto de encuentro. Se retrasaba. Mi nudo en el estómago estaba adquiriendo dimensiones insoportables cuando vi que se acercaba sospechosamente un coche. Era él. Aparcó a unos metros de distancia y se apeó con una sonrisa de oreja a oreja. Para mi asombro, las fotos no le hacían justicia. Era más alto, más apuesto y, también, más maduro. Me acerqué a saludarle, ¡y sorpresa! Sacó del asiento trasero un ramo enorme de rosas rojas. Tan grande, que rayaba la obscenidad. –Per te, amore-. Pronto comprobé que Marcello era así para todo, coqueteaba continuamente con la frontera de lo excesivo. Nuestra conexión fue instantánea. Y aunque mantuve, prudente, la distancia, entre su espacio y el mío, saltaban chispas. Nos fuimos a tomar algo a un bar. No sólo era simpático, sino que estaba atento al más mínimo detalle, como un galán de la vieja escuela. Te abría las puertas, te arrimaba la silla, se levantaba cuando te levantabas para ir al baño, y te volvía a acercar la silla cuando regresabas. Y halago va y halago viene, con la naturalidad del mejor actor italiano. Me resultó tan fácil contarle el plan previsto. Y en mitad de la conversación, sonó el teléfono. Mi marido. Me comunicaba que no vendría, que iba a pasar el fin de semana en no sé donde. -¿Pero qué me estás diciendo? ¡No me puedes hacer esto; he hecho venir a un señor desde Italia! ¿Con quién coño estás?- Silencio. No me lo podía creer -qué bochorno-, me había dejado colgada. Se lo expliqué a Marcello al borde de una explosión de lágrimas. Me sentí tan traicionada.
Una vez más, mi italiano me sorprendió. Hizo gala de una sensibilidad poco habitual en los hombres, y no mostró ni atisbo de satisfacción por la ausencia de mi marido. Me consoló, me animó, me hizo ver lo maravillosa que era. Y que nada de lágrimas. Nos daríamos un bonito paseo por el malecón, después, una cena, unas copas y lo que yo quisiera. Que había venido a conocerme y que sólo por eso le merecía la pena el viaje. Qué el ménage à trois le importaba un bledo, que no me preocupara, que no quería nada de mí, salvo mi compañía y mi sonrisa. Aunque costaba creérselas, eran justo las palabras que necesitaba.
Tenía que dejar el equipaje en su hotel y darse una ducha, y le acompañé. Mientras esperaba, me dediqué a pasear inquieta por su habitación. Sentarme hubiera sido una señal de relax que no le quería transmitir, no fuera a imaginar mi disponibilidad. Por fin salió del cuarto de baño y -el muy canalla- lo hizo con una toalla en la cintura, luciendo un magnífico torso desnudo y su mejor sonrisa. Y, como era de esperar, todos los planes se fueron a hacer puñetas. Debí tardar segundo y medio en caer en sus brazos. Sobre la cama, nos revolcamos con el pensamiento en blanco. Sin permisos, sin explicaciones. Puro fuego. Nunca me habían follado así. Con esa dedicación, con esa pasión medida y con ese saber exactamente dónde se escondían mis puntos más erógenos. Y fueron uno, dos y tres, con sus estupendos interludios de cigarrillo, ternura y risas. Porque encima me hacía reír. Y no me creí ni una sola de sus palabras de amor, pero encajaban tan bien en la escena que no me importó que fueran mentira. Exhaustos y hambrientos, decidimos salir a cenar.
Encontramos un restaurante a pie de playa desde cuyo cenador podíamos oír el suave rugir de las olas y, aunque sencillo, resultó de lo más romántico. Y -no sé si por culpa del vino o por la brisa cargada de mar- me hizo una confidencia asombrosa: había sido gigoló. -¿Gigoló? ¿En serio?- Sí, gigoló. Había oído bien. ¡Claro!, todo encajaba. ¿Quién mejor que un gigoló para atender a una mujer con tanto acierto? Lejos de cualquier reprobación, lo percibí como un hecho extraordinario. Como extraordinario fue el fin de semana que pasamos juntos. Me trató como una verdadera emperatriz.
Cuando nos despedimos, pensé que no volvería a verle. Al fin y al cabo, era un conquistador. Había venido, había vencido y se iba triunfante. Pero Marcello nunca ha dejado de sorprenderme. A lo largo de estos nueve años ha regresado siempre que le ha sido posible, a veces, conduciendo toda la noche para estar juntos unas pocas horas. Es un hombre aferrado a los placeres de la dolce vita. Fumamos, bebemos, comemos, reímos y follamos como si fuéramos a morir mañana. Y debo decir que no permite siquiera que le invite a un miserable café. Jamás olvida mi cumpleaños. Y nunca me han faltado sus rosas por San Valentín. Y es que Marcello es un auténtico profesional.

Mis gatos
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| Mis gatos: él, rubio... ella, con la máscara negra. |
Convivo con una perrita y, hasta ahora, con dos gatos, macho y hembra. La perra qué buena es, ha ido aceptando a estos felinos intrusos sin mayores problemas, por eso, porque es muy buena. Con mi perra loba, la pastor belga, no sé yo si hubiera sido posible. Los tres son recogidos y llegaron a mí, como suelen suceder estas cosas, de manera imprevista. La perrita ya lleva 10 años en casa. La gata llegó a mí el mismo día que clausuraba la oficina para siempre, hace año y medio. Esperando en la acera a que vinieran a recogerme en coche, un animalito esmirriado y herido se enroscaba en mis zapatos maullando desesperadamente. Una gatita preciosa, de pocos meses. Un señor que tenía al lado y que contemplaba la escena me decía que seguramente la habrían echado de alguna casa a patadas, que es lo que se acostumbra a hacer en los pueblos cuando sobra algún gato. ¿Cómo iba a dejarla ahí? En casa, bien alimentada, se curó en pocos días.
El gato fue el último en colarse. Tendría escasamente un mes cuando apareció en mi jardín siguiendo a la gata. Supongo que se habría quedado huérfano. Era verme y salir corriendo como un rayo. Pero no hay animal que se resista a un buen plato de comida, así que no tardó en integrarse en la tribu. Entre tanto, se ha hecho un gato grande y hermoso. Decidimos no castrarle para que viviera conforme a su naturaleza y porque, además, es imposible retener a un gato entre cuatro paredes si vives a pie de un jardín. Y castrarle era dejarle a merced de otros gatos machos, por lo general agresivos y territoriales. A la gata, en cambio, sí la esterilizamos para que no fuera esclava de continuos embarazos.
Es curioso como hay paralelismos entre los gatos y los humanos. Ayer se lo comentaba a mi amiga Mery. Mi macho –el gato- sólo piensa en 3 cosas: comer, dormir y follar. Y, si se pelea con otros machos para proteger o ampliar su territorio, es sólo para copular más y mejor. En casa se comporta como un rey perezoso y egocéntrico y –no sé cómo lo hace- acaba apoderándose de los mejores sitios, estén o no ocupados. Si la gata está encaramada sobre la butaca, él va y se echa encima. Si la perra duerme apaciblemente sobre el sofá, él va y se echa encima. Si saco una lonchita de jamón york para repartirla, él va y se planta el primero, pasando por encima de quien haga falta. Y va de hembra en hembra –me incluyo- pedigüeñando mimos. En cambio, la gata es otra cosa. Cuando quiere una caricia, se acerca muy digna y ronronea con delicadeza. Es intrépida y aventurera y muy curiosa, lo investiga todo. Cada dos por tres, trae la caza a casa para compartirla. Cuando no se presenta con un pajarillo entre las fauces, es con una lagartija, un ratón o un saltamontes. Trabaja y contribuye. Mientras, él, pasa la mayor parte del día holgazaneando como un zángano. Y después de cenar, se acicala con unos cuantos lametones y se pira. Y vuelve al amanecer maullando para que le des el desayuno. Ella, en cambio, pasa las noches durmiendo en casa, como una chica responsable.
Mi gato es un golfo y un jeta, pero me va a dar algo si no regresa a casa.

Alfred Cheney Johnston - Cigarette (1933)
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